Lluvia, cayendo sobre toda superficie, sobre todo aquello imaginable. Quizá hasta sobre los sueños de las personas. Viento, corriendo entre las ramas de los árboles, entre el cabello y colándose entre las prendas. Un viento que parece bailar con la lluvia, entrelazándose para crear el fantasma de unos dedos, que recorren cualquier cantidad de piel expuesta a los elementos.
Frío, tanto frío que tu aliento se ve sobre el aire congelado, desapareciendo en sólo unos instantes. Todo el calor se ha perdido, y lo único que queda en su lugar es el frío que choca contra la piel sensible, que sufre pero añora sentir la lluvia.
Tu cara, cuello y manos, expuestos y delicados. El escalofrío que te recorrió al salir por primera vez ha desaparecido, dejando en su lugar una especie de aletargamiento en los sentidos. ¿Cómo es posible, te preguntas, sentirte tan apagado y sin embargo tan vivo?
Tu respiración es leve, pero como pocas veces, estás consiente de ella. Tus ojos se fijan en cualquier punto colorido, y te das cuenta de cómo de pronto la tonalidad choca contra tu iris. Tus músculos sienten cada flexión, por pequeña que sea. Abre los ojos, no camines como máquina. ¿Por qué en esta era la gente está acostumbrada a caminar como máquina? Derecha izquierda derecha izquierda en un zigzag de movimiento pero no de pensamiento, no de sentimiento ni de emoción. Queda solo el zigzag mecánico de unas piernas que se mueven, de unos cerebros aletargados que intentan pensar y de un corazón que intenta sentir como se supone que se debe. ¿Y qué? Es simplemente un corazón adiestrado hasta a latir como los demás, por temor a la asincronía y sus terribles efectos.
Sólo caminando sé quién soy. Sólo caminando puedo escapar de las masas mecánicas que despiertancorrencomencorrenhuyencorrenduermencorrendespiertan en un infinito círculo vicioso. He escapado de mi crisálida y sin embargo me siento mucho menos que una mariposa. He huido de la gente que corre, que huye, pero no me siento mejor que ella.
Con la lluvia atravesando mi capa protectora de vestimenta inútil, con el viento abrazando mi cuerpo de cada ángulo, siento latir mi corazón. Si este es el precio que se debe pagar por volver a la vida, con gusto lo pagaré todos los días que me queden. Este es mi verdadero hogar, el yo que siempre busqué.
Mientras camino, siento las gotas de mi cabello mojado correr hasta mi espalda. Vuelvo en mí, sólo para descubrir que han sido los dedos de la lluvia quienes han acariciado mi columna, y nadie más.